Category: Cuentos

Anécdotas inter generacionales

Vivimos rodeados de gringos por doquier; hasta en la sopa. Y si del evangelio se trata, con natural razón. Natural, pues cuando los vemos en la calle, si no es un hombre de negocios, es un misionero. Al menos yo crecí con ese tácito mental aritmético: gringo igual misionero. El primer gringo que se cruzó en mi vida fue Walter Erickson. No tengo la menor idea de su estatura física, pero sí de su altura espiritual. Nunca lo vi caminar ni tropezar, pero conozco decenas de sus inmortalizadas anécdotas. Nunca escuché sus homilías, pero si la de sus engendros ministeriales. Todo ello gracias a la fiel y leal verbalización de mi padre.

Walter y Ruth Erickson, minutos antes de abordar su avión rumbo a los EE.UU

Primera de Erickson 1:1
Si no tienes la menor idea de quién fue Walter Erickson, déjame darte una sumilla biográfica: Él fue uno de los que trajo al Perú el evangelio con énfasis pentecostal. Y casi todas las denominaciones evangélicas pentecostales del país, son fruto directo, indirecto o redirecto de su ministerio.

Don Walter Erickson, ya veinteañero, pisó el Perú en 1927, e hizo de Caraz, en la serranía peruana, su centro de operaciones. No le importó el clima político hostil para traernos las buenas nuevas, y Dios lo premió con el título de pionero del movimiento pentecostal en tierra inca. Se dice que la iglesia que él plantó en la bella Caraz dulzura (hoy, a diez horas en bus de Lima) fue la primera iglesia de las Asambleas de Dios del Perú. Yo hice vida de iglesia allí y recuerdo que muchos de los predicadores visitantes se tomaban fotos sólo para dejar constancia que han pisado el epicentro del avivamiento en Perú. Es que allí, allí mismo, se dio la primera experiencia pentecostal en el Perú.

Mi padre me ha hablado de don Walter Erickson desde mi pequeñitud hasta mi granditud. Decenas de anécdotas las aguardo en mi disco duro griss, y más de uno en mi folder de tradiciones de lujo, contiguo al de herencias. Es que, aprendí a amar a don Walter con fervor de nieto. Mi padre fue responsable en transmitirme historias de alto valor espiritual, que a la larga le dan a uno un sentido de herencia, tradición, e historia.

La iglesia de Erickson
Mi padre apenas tenía 14 años cuando vio por vez primera a un cuarentón Walter Erickson. Una veintena de años de misiones habían pasado, y ya había iglesia establecida en Caraz. Esa noche no predicó don Walter, aunque sí estuvo presente, y mi padre entregó su vida a Cristo.

Luego de años y años de congregarse, mi padre se afincó en el corazón del misionero. La influencia del gringo le cambió la vida estrepitosamente. Tanto así, que, ya veinteañero mi padre, fue enviado por el mismísimo Walter Erickson a estudiar en el Instituto Bíblico recién fundado en la capital peruana. Al término, cuatro años después, nuevamente lo recibió en su seno y lo introdujo a un nuevo mundo, una especie de fraternidad de ministros del evangelio de esa zona del país, conocida como la Región Callejón de Huaylas de las Asambleas de Dios del Perú. Mi padre siempre nos dijo que si no fuera por el misionero (así lo llamó siempre), nunca habría hecho carrera ministerial en esa región. Es más, yo no habría tenido ni trasfondo ni plataforma.

Ya incorporado mi padre a ese estamento regional, el gringo lo sugirió como tesorero, y luego de una formalidad democrática fue elegido como tal. La región recién cobraba forma, y mi padre hacía sus primeros pininos de contador, por lo que hizo que el cargo y el encargado calzaban perfectamente. De allí en adelante, elección tras elección, mi padre siempre fue reelegido, excepto por un período, hace unos años atrás. Mi madre se entristeció mucho. Por teléfono me dijo: “Tu papá fue puesto como tesorero por el gringo Erickson, y que lo reelijan continuamente era lo más normal. Y ahora estamos muy tristes”. Menos mal que a la siguiente elección otra vez lo propusieron y salió electo.

El hecho que mi padre sea tesorero regional (ahora que la región implica todo el departamento de Ancash) es como una línea pintada con resaltador fosforescente en mi currículum. Primero, porque fue puesto por el mismísimo pionero Erickson; segundo, porque si lo reeligen constantemente es porque sus demás colegas respetan su integridad y gozan de su profesionalismo. Ambos hechos son como dos piedras en mi corona. Y mi desafío es entregarle esto mismo a mis hijos, obviamente con algunas piedras más añadidas.

La herencia de Erickson
Cuando yo aún estaba en el vientre, mi padre y mi madre fueron al misionero para que orara por su retoño. ¿Qué deseas que sea en la vida?, le preguntó el gringo a mi madre. Ella respondió, con voz tímida y quebradiza: “Que sea un siervo de Dios”. El gringo se erguió, levantó sus manos desgastadas, las impuso sobre el vientre de mi madre, y pronunció sin titubear: “Señor, que este niño sea un siervo tuyo”. Mis padres dijeron “Amén”.

Años más tarde, cuando de noche para la mañana, mis sueños infantiles de volverme un empresario los abandoné por mis recientes ilusiones de predicador, y nadie me comprendía, mi madre recordó aquella oración y le ayudó a aceptar la realidad. Con lágrimas me contó lo de la pregunta del gringo, y en tono confesional añadió: “El misionero me dijo: No te vayas a olvidar que un día pediste que tu hijo sea un siervo de Dios”. Yo, levanté mis ojos y de mi corazón brotó gratitud al cielo. “Este gringo ya había profetizado mi destino”, me dije, y empecé a valorar su recuerdo con más seriedad. No sólo para mi memoria, también como precedente para cuando me toque orar por recién nacidos. Hasta ahora hago la misma pregunta a las madres; escucho sus respuestas —muy similares a las de mi madre—, y les doy la misma advertencia. ¡Mi fe es que en el futuro el Espíritu Santo les haga recordar sus entre dichos!

Yo acababa de nacer y mi padre estaba a punto de registrar mi partida de nacimiento. Mis nombres serían Oral Jonathan; Jonathan por el amigo de David, y Oral por Oral Roberts, que en aquel momento vivía su mayor cúspide ministerial. Así habría sido mi primer nombre si no fuera por el gringo. Enterado de cuáles serían mis nombres, el gringo opinó en su español sin erres: “Hermano Justo, no ponga su fe en hombres; póngale su nombre”. Y como todo lo que decía el gringo tenía carácter legislativo, mi padre lo asumió como una orden. Y yo agradezco al cielo por tan oportuna intervención. Es sublime y poderoso llevar el nombre de tu padre, y más aún si hay reputación de por medio. ¿El gringo lo intuía? Sospecho que sí.

La sombra de Erickson
Mi papá vivió muy cerca al hermano Erickson, por lo cual vio lo bueno, lo malo y lo feo. No sólo vio; también aprendió.

Aprendió a disciplinar. Me imagino que una tarde soleada, en una de esas visitas de rutina a la casa pastoral, vio, sin querer queriendo, y queriendo sin querer, cómo don Walter aplicaba castigo a su menor hijo, y lo registró en su manual de técnicas memorables. La técnica consistía en poner al castigado de rodillas entre tus piernas, mirando hacia adentro; con la mano izquierda sujetabas al penitente y con la derecha la correa; y ¡pum!, ¡pum! y ¡pum!, directo al pobre trasero. Mi padre nunca me contó esta anécdota; lo practicó conmigo. En una de esas se le escapó y le dijo a mi madre: “Así castigaba el misionero a sus hijos”. ¡No voy a decir que disfrutaba esos momentos de ministración! Pero ya en la adultez uno los relee como galones militares de ascensos en la vida.

Las costumbres particulares de la familia Erickson se injertaron en mi casa. Como por ejemplo la liturgia del desayuno, almuerzo y cena. Mi padre dispuso que no trajeron los platos servidos a la mesa, sino las ollas, para que así cada quien pueda servirse con libertad y consideración. Mi padre nos repitió hasta el cansancio la regla de autoservicio de los Erickson: “Sírvanse todo lo que puedan comer, considerando que aún hay otros en la mesa que no se han servido”. Invitados o no invitados; para todos era la regla. Ahora que visito la casa de mi padre, él ya no repite ese estribillo, pero la costumbre aún permanece.

El hermano Erickson también influyó en los modales de mi familia. Cada vez que nos sentábamos a la mesa, mi madre nos ofrecía algún plato extra. Le decíamos que no, pero ella insistía. Mi padre le decía enfáticamente: “Dijo no, y punto; no hay que insistir”. Y recorriendo su vista alrededor de la mesa nos decía: “Nunca escuché rogar o insistir al misionero Erickson para que alguien reciba lo que al principio dijo que no desea”. Comprendimos el asunto.

Pero también los Erickson nos dieron una anécdota, que siempre la repetíamos cada vez que podíamos, especialmente cuando habían visitas. Resulta que la esposa de don Walter, la hermana Ruth, le pidió a mi padre que vaya a comprar una caja de papaya. Mi padre fue al mercado, y como no encontró papaya compró plátanos. Llegó a casa pensando recibir alguna felicitación por la milla extra, pero no; más bien escuchó de boca de don Walter: “Hermano Justo, si usted decidió traer plátanos, seguro fue porque a usted le agradan los plátanos; así que quédese usted con los plátanos y disfrútelos”. Los presentes nos echamos a reír hasta el cansancio. “¿Y qué hiciste?”, le preguntaban. “Me pasé una semana comiendo plátanos todos los días”, respondía.

La doctrina de Walter Erickson
Cuando ya fui adolescente, en la iglesia de Caraz, la que fundara el misionero Erickson, se desató una batalla campal teológica sobre si las mujeres podían usar pantalones. Unos decían que era útil contra el frío, y otros que era una prenda mundana; los más exegéticos decían que era lícito, más no conveniente.

Yo recién aprendía a pensar, y me debatía en medio de argumentos insatisfactorios. Así que fui a consultarle a mi padre. Recuerdo que, dejando de recostarse de brazos sobre el mostrador de nuestra tienda me contó otra anécdota. Me dijo que la misma pregunta le hicieron al misionero Walter Erickson durante una reunión de pastores. Luego, entre sonrisa y pestañada, y batiendo su cara al compás y ritmo grindio, continuó con lo que respondió don Walter: “Hermanos; mi esposa y yo hemos viajado a caballo y burro llevando el evangelio por doquier, y tanto mi esposa como yo hemos usando nuestros propios pantalones; yo nunca me he puesto los pantalones de mi esposa, ni ella nunca se ha puesto mis pantalones”. Se dice que la seriedad sinagógica de los presentes se quebró en risas y risotas, y la discusión terminó.
Para mí también terminó. De allí en adelante, cada vez que habían balaceras a punta de versículos, yo levantaba mi banderita blanca de reciente especial revelación. Y me hacía escuchar, pues al sólo mencionar el apellido Erickson los demás callaban, como si el mismo Señor empezara a hablarles.

La partida de Erickson
Casi terminaba la secundaria cuando nos llegó la noticia que silenció por segundos a mi padre. Le dijeron que el misionero Walter Erickson ya había partido a la patria celestial. En sus ojos vi un rápido viaje través del tiempo. Sus muecas delataban su tristeza. Su pose era la un hombre derribado. Reaccionó y dijo, “ya estaba muy anciano; resistió mucho”. Allí me enteré que vino al Perú veinteañero, y retornó a su país casi a los setenta y cinco. Luego me enteré que pasó el resto de sus días en un asilo para ancianos (obviamente me indigné, pensando que los asilos estadounidenses son tan precarios como los que conozco). Y ahora que escribo estas líneas me pongo a pensar en los muchos peruanos que dieron sus vidas por causa del evangelio, pero que más parecen que dieron sus vidas por una organización; que sirvieron leales a su denominación, pero más parece que la denominación se sirvió de ellos. Quiera Dios que las denominaciones peruanas, ya que papá gobierno no lo hará, prevean el buen término de sus servidores.

Mi padre, debido a su convivencia con el misionero, se convirtió en fuente oral de la historia del movimiento pentecostal en Perú. No porque vio su nacimiento, sino porque escuchó la historia repetidamente, cual anécdota vecindaria, de los mismos protagonistas. Caraz fue la Calle Azusa del avivamiento pentecostal en Perú. Por lo tanto, vivir en esa ciudad y haber conocido muy de cerca al pastor de aquella iglesia, convierte a cualquiera en testigo excepcional.
Desde hace unos días tengo en mis manos el cassette que contiene la historia del movimiento pentecostal grabado por el mismísimo Walter Erickson, muchos años después de retirarse del Perú. Mi padre lo tuvo guardado por años, al lado de su Biblia. Y ahora que me contrataron como webmaster para el proyecto web de la Región Eclesiástica Ancash (Asambleas de Dios del Perú), me la traje para ponerla en la web. El slogan de la web es, con toda justicia, “Ancash, cuna del evangelio”, por lo tanto, documentarla con la voz del mismo gestor enriquecerá la historia y a los historiadores. Si ya no aguantas la tentación de escucharla, búscala en www.regioneclesiasticaancash.org

El Instituto Bíblico Erickson
Ya por los años 2000, tres hijos del finado Walter, ya sesentones, regresaron a la tierra donde su padre misionó. Los tres nacieron en Caraz, y mi padre vivió su juventud junto a ellos. Disfrutaron volver a verse 40 años después. Recordaron mil historias, y volvieron a comer cuy frito, un plato típico equivalente al sello de salida de pasaporte. Mi padre me compartió sobre su reencuentro y me pasó el correo electrónico de Bobby, el hermano menor. Lo anoté e inmediatamente le escribí, algo así como: “Bobby, quiero agradecer a Dios por enviar al Perú a su padre para traer el evangelio al Perú, y sobre todo por impactar la vida de mi padre, cuya fe me ha sido transmitida, y oro a Dios para transmitirla a mi descendencia”. A los poquísimos días miré mi bandeja de entrada y no podía creer que me había respondido. Me emocioné como el muchachito que acaba de saludar a Spiderman (en mi caso, a Billy Graham).

Además de comer cuy y mucho ají, ese día visitaron el templo donde pasaron su niñez y adolescencia. Casi de memoria el mayor, Wesley, pudo llegar hasta el lugar donde también él dio clases de Escuela Dominical. Mi padre, alumno suyo cuando fue adolescente, le preguntó si aún recordaba su lección sobre la Sodoma y Gomorra. Y mientras Wesley escarbaba entre sus archivos mentales, mi padre completó la historia: “Al finalizar tu clase, yo dije que el Señor jamás destruiría Caraz, pues aquí hay un justo, Justo Llecllish”. Y otra vez, risas y risas.

Pero los muchachos de ayer no sólo quisieron hacer un viaje histórico; tenían planes financieros bajo la manga. Así que, requeridos para aportar a la construcción del Instituto Bíblico de Yungay, aceptaron financiarla. No dudaron en colaborar con la obra que su padre inició. Los directivos de la región, también emocionados, prometieron que el instituto se llamaría Instituto Bíblico Walter Erickson. Suspiraron los gringos, y uno de ellos repropuso: “Que sea, Walter Erickson y hermanos”. Es que, según él cuenta, mientras Walter hacía misiones en Perú, sus dos hermanos, Luvio y Arturo, que también misionaron un corto tiempo en Perú, corrieron con su sostenimiento económico. Tenían negocios, y dedicaron gran parte de las utilidades para financiar a su hermano en misiones. ¡Qué gran pequeño detalle; digno de ser imitado!

Siempre tuve curiosidad por saber la historia de los hijos del misionero. Según mi esquema mental, es una falta grave que los hijos no continúen lo que empezaron sus padres. Así que a esta altura de la vida yo debería estar enterado de la vida y obra de los nietos; pero mutis. ¿Qué pasó, si se puede cuestionar?

Mi papá me contó que cuando los hijos del misionero se hicieron jóvenes, cada domingo en la iglesia era como el desfile de estrellas por la alfombra roja. Las muchachas se agolpaban tras los jóvenes, sin vergüenza ni misericordia. ¡Era demasiado para una ciudad pequeña! Así que el misionero tomó una decisión difícil: Envió a sus hijos a vivir a los Estados Unidos; nunca más volvieron, hasta lo del instituto. Creo que esa desconexión abrupta del hogar, también los desconectó de la obra en Perú; sino, quién sabe, múltiples institutos bíblicos se habrían concretado. ¡O quizá los Erickson habrían pastoreado por varias generaciones la iglesia de Caraz! ¡O lo que sea, pero jamás desconectados!

Comentario final
Los años pasan y también pasan los hombres. ¡Todo es vanidad! Lo que importa, en suma, es lo que dejas.

Don Walter Erickson no sólo dejó unas cuantas construcciones, que a la larga se demolieron, revendieron o remodelaron; dejó lo más importante: hombres de Dios, hijos ministeriales, sucesores dinásticos. Mi padre sólo fue uno de los tantos en quiénes invirtió su vida.

El gringo Walter no sólo dejó una nueva denominación establecida en Perú (trabajo en conjunto con otros compatriotas suyos); dejó lo más importante: un Perú encendido. Vino por las Asambleas de Dios, pero fundamentalmente vino enviado por Dios. Vino para establecer las Asambleas de Dios en Perú, pero fundamentalmente vino para el Perú.
Alguien dijo que si las Asambleas de Dios del Perú nunca habrían sufrido cisma alguno, para este momento habría sido, simplemente, no una de las iglesias, sino la iglesia —en términos pentecostales de conteo—. Pero dudo que esto haya sido el corazón de Erickson. Cuando una vez le sugirieron litigar por la propiedad de una iglesia separatista, él respondió: “Jesús no murió por edificios, sino por la gente”.

Por demás está decirlo, pero lo diré: ¡Hay que imitar a don Walter Erickson en cuanto a paternidad espiritual se refiere! ¡Y subrayo: paternidad!

[box type="info" style="rounded" border="full"]P.D. Con este relato llegué a la final de Premio Letra Viva 2010[/box]

Justo Llecllish M.

— Pastor de Héroes21, Director de FaxJuvenil, CEO of ENTERMINISTRY.COM™. Autor de numerosos estudios sobre liderazgo y ministerio juvenil, conferencista en eventos juveniles.

6 thoughts on “Anécdotas inter generacionales

  1. Maravilloso relato, música de la mejor para mis oídos…favor seguir escribiendo que estas historias encantan e inspiran a la fe cristiana…

  2. Una gran historia, gracias por escribir, ahora valoro más de lo que tenemos en nuestra Región, nuestro señor nos bendigo con un gran hombre, esto no debemos olvidarlo, porque es digno de ser contado a nuestros hijos e hijas…gracias pastor justo. A por cierto tengo la dicha de conocer a su padre, un excelente siervo, el fue mi maestro en el I.B. Walter Erickson, del curso de escatología…doy fe de su integridad desde que lo conocí…gracias y bendiciones.

  3. es maravilloso saber mas de don Walter erickson,,,,Dios lebendiga hermano soy de ancahs estudiante de teologia,,,e orado desde q me converti por un avivamiento en ancash,, al llegar a saber de usted y sus compañeros de trabajo mis esperanzas crecen al saber que todavia hay gente dispuesto a dar el tiempo y la vida por jesucristo….amado hoy la iglesia de ancash lo que necesita es un avivamiento como paso en el pentecostes y no avivamientos fundamentados en el emocionalismo y la supersticion del hombre……..solo con la uncion del Espiritu Santo se podra hacer una correcta apologia ante las corrientes hereticas que ha surgido como fruto del cunplimiento de las profecias de los apostolessss,,,,este tiempo ya fe anunaciado,,hoy nos toca discernir y reconocer el verdadero camino de salvacionn….bendicones siervoo,,espero tener contacto con ustedd..

  4. Hoy, encontrándome muy lejos de este bello país llamado Perú y de esta ciudad llamada Caraz Dulzura, tierra llena de bendición y de la cual soy oriundo buscaba saber un poco mas de la historia de la iglesia en la que vi crecer a muchos niños y adolescentes entre ellos a ti mi hermano Justo o Justito como te llamaban por aquellos tiempos y hoy me sorprendí encontrar esta web y curiosamente sin antes revisar quien lo escribía fui determinando que eras Tu, por razones que ya también determinaras, tus referencias y aportes de tu padre me llevaron a recrear en mi mente los momentos mas alegres que compartí en las aulas de enseñanza en la escuela dominical y los recuerdos de conocer a tantas familias cristianas con las que logre congregarme, hoy debo reconocer tu labor y pedir bendiciones a nuestro señor por tu trabajo loable, quien te escribe nació en el evangelio en esa iglesia de la que el hermano Erickson guió…. ahora solo me queda dejarte un saludo y recuerdo fraterno…
    Atte.
    David Alatrista Milla

    1. Hola, David. Me acuerdo de ti perfectamente como si fuera ayer. Más aún porque te escribo mirando al frente la iglesia de nuestra infancia.
      Saludos, —Justo.

Comentario

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